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2007/09/27
Fin de Semana Medieval
Mastropiero
AFC-Ajedrez
Si hubiera que poner banda sonora a este Fin de Semana Medieval no sonaría el elegante Bryan Ferry, lo haría Marea, rock callejero, a ratos zafio, sin alardes, directo al grano y siempre resultón.

No era momento de reinventar la rueda, llevábamos dos años teniéndo un éxito relativo y nos limitamos a repetir la fórmula adaptándola a las necesidades de cada momento.

El plato fuerte, por supuesto, el desafío a la ciega en el tablero gigante. Txus una vez más volvió a dejar boquiabierto a más de uno. Y eso que como ya viene siendo habitual un cortocircuito entre sus hemisferios cerebrales hizo que la duda recorriera la Alameda: "¿Va a perder este tío de una puñetera vez?". Se enfrentó a unos chavales que las movían con soltura y comían lo que les dejaban. La partida estaba perdida para el ciego, esa es la verdad, pero al final la magia apareció una vez más. Cuando parecía que el telón se iba a bajar, en una combinación que más de uno no vería sin la venda, Txus se rehizo, ganó material y se impuso con elegancia.

Lo peor ya había pasado, hubo tiempo para dos desafíos más, que fueron solventados con facilidad, si es que esa palabra se puede utilizar jugando a la ciega, sentado en la mitad de la plaza del pueblo atestada de gente, con más de una cerveza engullida y teniendo que dar réplica al bufón de la corte.

El resto simultáneas a gogó, partidas amistosas a porrillo, clases gratuitas a tutiplén y un poquito de hacer de poli malo para que la chavalada no nos destrozara demasiado el tablero gigante.

Volvió a sorprender la cantidad de gente que sabe jugar a ajedrez, o por lo menos las reglas. Constatamos una vez más que el ajedrez tiene una imagen fabulosa, y volví a pensar que no acabamos de saber sacarle partido a esta publicidad gratuita. La respuesta nunca es fácil, pero lo que está claro es que cada vez que sacamos el ajedrez a la calle el público responde, y eso es una pista muy grande.

Vender ajedrez es difícil, pero pretender que nos compren algo que no ven ni conocen es todavía más complicado.

Es una tautología, pero el espectador quiere espectáculo, y ver a unos tíos sentados jugando durante horas no es espectacular para el profano. Hay que saber adaptarse y conocer nuestras limitaciones. La plasticidad del ajedrez es casi nula, y un deporte que no es visual y no implica movimiento parte en inferioridad de condiciones.

El ajedrez no será nunca una actividad de masas ni nuestros clubes se van a llenar de aficionados que aplaudan al acabar la última partida, pero me parece que iniciativas de este tipo cumplen una función importante.


Por un lado, solemos pecar de modestos y la vergüenza en ocasiones nos impide divulgar un tesoro que probablemente no nos merezcamos. Por otro lado, también tengo la impresión de que nos hemos acabado creyendo esa gran mentira de que el ajedrez es exclusivo de unos pocos elegidos.

El ajedrez es mucho más grande y más complejo que todo eso. No hay que venerarlo como a un Dios y escondernos en locales para adorarlo. De vez en cuando hay que mancharse las manos, mojarse los pies y sacarlo a la calle para que la gente lo observe, lo practique y vea que no muerde. Para que vean que ese tío con el que suelen coincidir en el autobús o en el bar juega en un club de ajedrez, y no por ello es más listo, ni más raro ni más feo. Y que eso que parece tán difícil y aburrido lo hacen críos de seis años, y además se lo pasan bien.

Este fin de semana no tocaba el Ulises de Joyce, tocaba Mortadelo y Filemón y, en consecuencia, ha sido un fin de semana de disfraces, peripecias y diversión. ¿Alguien da más?

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